Brujas – Capítulo 8

Foto de anna-m. w. en Pexels

Roberto seguía desconcertado. Ni siquiera sabía por qué se había sentido atraído a seguir a aquella mujer desconocida porque, aunque ahora reconociese quien era, no sabía nada de ella. Algo lo arrastraba hacia ella y su razón luchaba contra su intuición. Aquello no estaba bien, no era racional ni sensato. Nada allí era normal.

—¿Comemos en la terraza? —Carlota apareció de pronto de no sabía dónde. El solo pudo encogerse de hombros y asentir —. Gracias, Isabelle. Eres un amor.

—Y tú un mal bicho. ¿Está bien? Te dije que lo asustarías.

—Está bien. Solo necesita un poco de tiempo para procesar y recordar lo que le enseñé de pequeños.

—¿Está soltero?

—¡Isabelle!

La mujer empezó a reír discretamente.

—Llevas mucho tiempo sola y Ágata te hizo mucho daño. Si vuelve a aparecer le arrancaré el pellejo a tiras.

—Hola. Soy Roberto y no acostumbro a que hablen de mí como si no estuviera.

—Perdona, Roberto. Esta moza y yo tampoco acostumbramos a tener visita. Encantada de tenerte aquí —Isabelle sonrió—. A partir de ahora seremos más discretas. Carlota, ayúdame a traer la comida, por favor —y guiñando un ojo a Roberto salió hacia la cocina. Carlota, claramente sofocada, la siguió.

Isabelle era una mujer alta de unos cincuenta años y todavía de muy buen ver. Se recogía el pelo en una especie de moño alto y vestía vaqueros y una camiseta. Parecía una mujer inteligente. Carlota había dicho que era su asistente, pero parecía algo más que alguien que se ocupa de la casa y de hacer la comida.

—Yo ya he comido así que os dejo solos. Echaré una siesta mientras habláis.

Encantada de conocerte, Roberto.

—Eh… mucho gusto.

—Pórtate bien, Carlota.

—Lo intentaré —dijo esta resoplando.

Isabelle desapareció sin que Roberto apenas pudiera darse cuenta.

—Vamos a sentarnos —dijo Carlota. 

En aquella terraza soleada en medio de la campiña francesa se desplegaba una mesa llena de viandas de todo tipo: fruta fresca, quesos de todas clases, ensaladas, revueltos… y todo olía divinamente.

—¿También es bruja? —dijo al darse cuenta de que ya no estaba.

—Si. Y también pertenece a la Orden pero ella se ocupa de la logística. 

—Dijiste que trabajabas sola.

—Y así es. Cuando estoy sobre el terreno. No puedo contactar con ella salvo cuando estoy en mi nave.

—¿Qué es eso de la Orden?

—La inquisición, a pesar de lo que pueda parecer, sigue en activo, no ya para preservar la fe católica como antaño, sino para hacerse con la sabiduría que las brujas y los brujos guardaban. Tener fe en lo que no vemos hizo que empezáramos a estudiar los fenómenos naturales cuando el resto del mundo todavía no estaba preparado para saber cosas que sus mentes cerradas no podrían entender. Fueron ya los alquimistas los que decidieron crear la Orden y el Gran Aquelarre. Hoy en día la Congregación para la Doctrina de la Fe sabe que todo tiene una explicación, aunque ni la ciencia sepa cómo explicarlo ni nosotros tampoco y prefieren ser ellos quien ostenten ese conocimiento para poder controlarlo, mantenerlo en la oscuridad si les es beneficioso y utilizarlo a conveniencia. 

—¿Por qué tu nave me recuerda a la Tardis del Doctor Who?

—Porque la idea sale del mismo sitio. No hay nada que se pueda imaginar que no se pueda llevar a cabo. Otra cosa es la conveniencia o no de ello. Por cierto, es inteligente. Rodric te ayudará si lo necesitas.

—¿Le has puesto nombre?

—La gente pone nombre a montones de cosas absurdas. ¿Y cómo voy a comunicarme

con él si no?

 «Era lógico», pensó Roberto. La verdad es que sentía que todo iba a ser muy complicado ya que había montones de cosas que no entendería. 

—¿Qué se supone que tengo que recordar? 

—Recuerdas el Libro de Sombras de mi madre.

—¿Aquel libro gordo que ocupaba solo la estantería de la sala de estar?

—Justo ese. ¿Y recuerdas que te dije que era?

—No.

—Ahí vamos. —Carlota tomó aire y empezó— Cada uno de nosotros, los brujos, tiene el suyo. En ellos recogemos, no solo aquello que la gente espera encontrar, como conjuros, hechizos y recetas de pociones. También recogemos en ellos nuestro día a día, posibles objetos de estudio, experimentos que hayamos realizado, impresiones y observaciones que hacemos en cuanto a la naturaleza y a aquello que nos rodea. Así fue como Leonardo imaginó sus artilugios, como Julio Verne creyó en que el hombre llegaría a la luna y como en el CERN saben, gracias a la imaginación de H.G. Wells y desde hace algunos años, lanzando neutrinos de Suiza a Italia, que se puede viajar en el tiempo. Los iluminados literarios no lo son al azar. Entre nosotros también hay gente con talento artístico y a veces el mundo necesita un poco de luz, aunque sea solapadamente.

—El Gran Aquelarre tiene sus propios centros de investigación pero todavía quedan muchos de los libros de sombras de los antiguos brujos esparcidos por el mundo y hay que recuperarlos. Y a eso es a lo que yo me dedico, a buscar y encontrar aquellos que no pudieron ser entregados a la Orden o cayeron en manos inadecuadas. 

 —¿Y qué pinto yo en todo esto? —preguntó Roberto.

 —Tú conoces la abadía y los planos de la antigua configuración. Podrás guiarme por ella y llevarme hasta el libro que estoy buscando.

—Revisé mil veces el catálogo de ese archivo y créeme que si ese libro de sombras hubiese estado allí lo hubiese encontrado. A no ser que ya no estuviera porque alguien se lo llevó. Por eso es tan importante el tiempo al que vamos a recuperarlo.

Roberto asintió. La respuesta era obvia si lo pensaba bien. El problema es que toda aquella información le estaba abrumando. Apenas había probado bocado a pesar de lo sugestivo de todo lo que había sobre la mesa.

—¿Estás bien? —Carlota era consciente de lo que significaba semejante descarga de ideas en apenas un par de horas. Pero no había tiempo que perder.

—Sidijo Roberto distraído.

—Te puedo dejar un rato a solas si necesitas pensar.

—No es necesario. Ya paso suficiente tiempo solo, pero si necesito tiempo para

pensar. 

—¿Un té negro? —dijo Carlota sonriendo.

—Con un poco de leche y azúcar moreno, por favor.

—Claro. Vuelvo en un momento.

Roberto se sintió solo de repente. Hacía demasiado tiempo que no buscaba la soledad deliberadamente. Vivía solo, trabajaba solo, viajaba solo… No es que no fuera sociable pero se había acostumbrado a ser tan independiente que ya no tenía que alejarse para estar consigo mismo porque ya nadie lo llamaba más que para cumplir o para asistir a eventos de viejos amigos. Y sin embargo aquella muchacha había llenado tanto ese hueco en tan poco tiempo que de repente se sentía extraño. Recordó aquellos días de verano de la infancia y que nunca la vida había sido tan interesante como entonces. 

Y no necesitó más para decidirse.

—Solo tengo leche de avena. Me temo que tendrá que bastar dijo Carlota apareciendo de la nada.

—¿Siempre vas a hacer eso?

—¿Qué?

—Aparecer de ninguna parte. —Carlota rió sin un ápice de decoro. Es un don que tengo. No lo puedo evitar. El sigilo es mi superpoder.

—Es una buena baza cuando te dedicas a colarte en sitios peligrosos para robar libros —Roberto no pudo evitar contagiarse de su alegría.

Carlota puso sobre la mesa del otro lado de la terraza la bandeja en la que traía las infusiones y acercó el té a Roberto, un té negro y especiado, y se sentó en el balancín con su propia infusión. Durante unos minutos el intentó probar a Carlota, retándola a romper el silencio, pero después de observarla durante rato entendió que respetaría sus tiempos. Sin duda sería una gran compañera.

—Iré contigo. Pero necesitaré más información de la que me has dado.

Con brillo en los ojos Carlota respondió —¡Hecho!

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