Brujas – Capítulo 3

Niña en un bosque verde con un perrito
Foto de Leah Kelley en Pexels

Roberto y Carlota habían sido los mejores amigos durante la infancia. Ella era la única de su edad de entre los hijos del servicio. Era, además, la única que rondaba la casa mientras su madre trabajaba en la cocina y su único entretenimiento fueron el bosque y los seres que lo habitaban (a la vista de todo el mundo o no). Su madre era una mujer discreta y había tratado de inculcar a Carlota esta virtud, pero ella, despierta y vivaracha como era, no podía ser invisible para todos porque una cosa era no llamar la atención y otra muy distinta esconderse. Años más tarde entendería las razones de su madre. 

Sarah había criado sola a Carlota, a la que había contado cómo su padre, un buen hombre, había desaparecido dejando apenas una carta, una carta manida por el tiempo y las manos de su compañera, que seguía con la esperanza de volverlo a encontrar. Bien sabía ella cómo eran las cosas en su mundo, a veces tranquilas y maravillosas y otras trepidantes y peligrosas. Sabía también del trabajo de él, sabía que estaba al servicio del Gran Aquelarre, y a sabiendas formó su familia, disfrutando de cada día como si fuera el último. Así creció Carlota con una madre amorosa a pesar de los días en que la veía con aire sombrío y triste. Le había enseñado a usar las hierbas, a preparar aceites y ungüentos, a mirar a la luna y a creer en la magia, a ser consciente de las energías que nos envuelven y a usarlas bien. Sarah, además de trabajar en la cocina de la casa era doula, enfermera improvisada, contadora de historias; mujer sabia, al fin y al cabo. ¿Qué son si no las brujas? 

Esa niña pelirroja que creció en el bosque lo hizo también libre. Claro que en plenos ochenta no todo podía ser correr por el bosque. Durante el invierno Carlota asistía al colegio del pueblo donde destacaba por una madurez que no correspondía a su edad. La independencia que su madre había alentado en ella la hacía, a los ojos de los demás, casi insolente con apenas ocho años, lo que tampoco ayudó para que hiciese migas con los otros alumnos. Pero ella seguía siendo feliz. Roberto fue siempre su único amigo humano aquellos días de verano en los que ella podía correr descalza, sin horarios, pesadas mochilas, ni clases aburridas.

Roberto era, sin embargo, un chico bueno, correcto, disciplinado, criado en un colegio masculino donde pasaba gran parte del año. Solo en verano podía zafarse de la estricta rutina de la institución en la que estaba interno. Solo en verano podía disfrutar de la frescura de la chiquilla del pelo rojo. La seguía y observaba sus rarezas al principio, pero con el tiempo aprendió a jugar con ella a hablar con los animales y los seres del bosque. Se convirtió en su compañero y en su guardián silencioso, porque sabía que en el mundo fantasioso de «pelo zanahoria» no existían los caballeros andantes. Ella se bastaba sola, y mejor que bien, pero por si acaso, él siempre sería su sombra.

Y así lo recordó siempre Carlota, respetuoso con ella y confidente de sus aventuras. Alguien de fiar, alguien que estaba allí cuando lo necesitaba sin tratarla como si fuese de cristal.

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