Brujas – capítulo 1

Photo by Venelin Dimitrov from Pexels

Archivo Histórico provincial de Toledo, 2018

—¡Ven aquí, bicho! —dijo Roberto mientras corría por la sala.

El misterioso Roberto Armero-Medina Gutiérrez de Robles perseguía a una gata callejera que se había colado por una de las ventanas del sótano. Ningún animal podía estar entre legajos del s. XIII. Si el director del archivo llegara a enterarse, además de llamarlo hereje y repudiarlo con deshonor, lo mandaría a la calle más pronto que tarde. Pero aquella gata orgullosa, lejos de sentirse intimidada por el hombretón que corría tras ella, parecía burlarse paseándose ante él con el rabo levantado cuando no estaba a su alcance.

            No es nada personal, pero si no te saco de aquí sin que te vean, tendremos un problema.

            Agachado como estaba no pudo, ni siquiera presentir, lo que acababa de ocurrir justo detrás de él.

            —¡Hola! —dijo una voz de mujer. Trastabillando en dirección contraria a la voz, Roberto fue a parar contra uno de los modernos armarios móviles que guardaban tesoros escritos de centurias. Y aunque la pregunta que tenía en mente antes de levantar la cabeza era «¿cómo has entrado aquí?», lo que surgió de su boca fue— ¿Qué hace eso aquí? —dijo entre asustado y curioso.

            —Eso es mi vehículo. Y me hace un gran servicio, así que un poco de respeto. Chulo, ¿eh? —respondió la joven sonriendo. Detrás de ella un armario labrado de una sola puerta ocupaba el espacio entre ella y la mesa de Roberto que la miraba con ojos desorbitados—. ¿Qué hacías en el suelo? —Sin despegar la vista de ella respondió como un autómata—. Intentaba cazar a ese gato.

            La muchacha se agachó y llamó al travieso felino.

            —Ven pequeña. Creo que tengo un refugio mejor para ti.

            La gatita, con su cola erguida, escrutó a la chica tratando de adivinar si sus intenciones eran buenas y apenas dudando dos segundos se dirigió hacia ella hasta que llegó a donde se encontraba restregándose en sus piernas.

           —Se atrapan más moscas con miel que con vinagre —dijo mirando a Roberto.

            La risa que Carlota ahogaba se convirtió en una sonrisa de autosuficiencia que, con mucha sorpresa para él, molestó a Roberto. ¿Por qué sentía que la conocía de toda la vida? ¿Como quien siente la seguridad de estar con un viejo amigo? Pero las siguientes palabras de la joven no fueron menos sorprendentes.

—Si. Efectivamente nos conocemos, pero te lo contaré por el camino.

—¿Camino a dónde?

—A mi casa en Marsella, rodeada de un precioso campo de lavandas. Tenemos que acondicionarnos antes de la misión. —La chica alargó la mano hacia él para ayudarle a levantarse del suelo, donde seguía en estado cuasi catatónico, y con una cálida sonrisa dijo— Confía en mí.

Sin pensarlo y en contra de su propio sentido común, Roberto aceptó la ayuda de aquella enigmática mujer y se irguió frente a ella mientras aún asía su mano. A pesar de ser una mujer pequeña era lo suficientemente fuerte para tirar de su metro noventa. Al ponerse en pie pudo comprobar que apenas le llegaba a la altura del hombro. Debía tener unos 30 años ya que parecía algo más joven que él, pero su melena roja y rizada, la viveza de sus ojos y la seguridad que la rodeaba le daban un extraño aire de sabiduría y picardía al que era difícil resistirse. Hasta que abrió la puerta de aquel armario aparecido de la nada y lo arrastró con ella hacia adentro no salió de su encantamiento.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: