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—¿Qué traerá esa carroza que viene camino arriba, madre?

—La muerte, hijo mío.

El pequeño Pablo, que aunque muy espabilado no le daba la vida para saber muchas cosas, miraba aquella carruaje con curiosidad. Un par de caballos tiraban de un carro negro como la noche del que solo se veía la silueta. De no ser por la luna llena y el jadeo de los animales ni se hubiesen dado cuenta. No levantaba más de medio metro del suelo pero, aquel niño ya se había enfrentado a la muerte, al duelo de perder a su padre y la dureza de una enfermedad que se llevaba por delante a quien se cruzara en su camino. Medio pueblo había sucumbido ya en los brazos de aquella peste que llamaban «negra».

—¿Cree que irá al paraíso como padre?

—No, hijo. Ese infeliz irá al infierno.

—¿Por qué, madre?

—Por soberbio, avaricioso y poco humano.

Pablo no acababa de entender lo que su madre le contaba pero sabía, por cómo ella miraba aquella caja que ahora pasaba frente a ellos, que no debía preguntar de momento. Había aprendido que si soltaba ahora y volvía a preguntar pasado un tiempo, le contaría incluso más de lo que quisiera saber.

De repente, la comitiva paró. Todo a su alrededor lo hizo. Un viento frío, que salía de ninguna parte, le erizó toda la piel del cuerpo y una imagen fantasmagórica se formó ante él. Era un ser enjuto y encorvado, de semblante gris y desencajado de dolor.

—¡Sálvame del infierno que me espera! ¡Ocupa tú mi lugar en esa caja inmunda en la que me han metido!

Pablo, con la inocencia del infante que era, y la viveza de un genio adulto, respondió:

—¿Por qué habría yo de hacer tal cosa? Tú tienes pinta de haber vivido ya bastante y yo ni llego a la estatura de mi madre.

—¡Maldito crío irreverente! ¡Volveré cada noche a por tí hasta el día que mueras!

—No lo harás. —La seguridad de aquellas palabras pareció invocar a las dos figuras que aparecieron a los lados del pequeño brujo. Sangre de meigas corría por sus venas sin saberlo había hecho que sus guardianas vinieran a protegerlo, dos seres de luz que alzaban más de un metro por encima de él. —¡Ve al infierno y no vuelvas!

Todo vibró a su alrededor por un segundo, como cuando un rayo restallaba cerca dejando esa especie de siseo que le provocaba escalofríos. Cuando abrió los ojos el carruaje seguía su camino, sus ancestros habían desaparecido y hasta el amenazante hombre gris había dejado el lugar que ocupaba un minuto antes.

—Madre

—Dime, hijo.

—Ese, era un mal hombre. —No fueron las palabras de su hijo lo que la sorprendió sino la rotundidad con la que las pronunciaba. Lo miró extrañada—. Lo he visto. Era un mal hombre.

—¿De verdad le has visto, hijo?

—Si, madre.

—Está bien. Llegó la hora de contarte de dónde vienes. Entremos en casa.