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Chloe había luchado mucho para estar donde estaba ahora; en su nuevo hogar. La economía y la oportunidad se habían encontrado al fin para que ella pudiese de disfrutar de aquella casa, tan singular por la localización. Tras mucho papeleo y algunos contactos había conseguido que le dejasen montar su casa prefabricada al borde de la playa de Cap Blanc Nez, no muy lejos de Escalles, el pueblo que vigilaba el paso de Calais, pero lo suficiente como para que nadie la molestara si ella no quería. Se había topado con aquel rincón en una escapada veraniega y se había enamorado enseguida. Las vistas del estrecho, los acantilados que se veían desde aquella colina y las arenas blancas de aquella playa que, ni siquiera en verano atraía a la gente, se habían convertido en su paraíso. Además su trabajo como crítico literario le permitía trabajar y leer en cualquier parte del mundo, siempre que tuviese una conexión a Internet que solo necesitaba para enviar el trabajo y eso podía hacerlo bajando al pueblo mientras tomaba un café y un donut en la cafetería de paredes rosa chicle donde se sentía como una muñeca.

Chloe siempre había sido una muchacha solitaria. Como persona altamente sensible la soledad era un bálsamo para ella. Había renunciado a la televisión, donde la mayoría del tiempo veía cosas horribles o por las que no podía hacer nada. Era sociable pero se agobiaba enseguida cuando el grupo pasaba de las cuatro personas y, por supuesto, absorbía las emociones de aquellos que la rodeaban. Ya era hora de crear su refugio para escapar de todo ese sufrimiento. Ya había sido bastante duro tener que lidiar con todos los burócratas y los inquisitoriales reproches de su madre por irse a vivir a lugar tan inhóspito ¡Y a tantos kilómetros de ella! Por supuesto, Chloe era consciente de ello. Ya se había encargado mucho de que nadie se presentara sin avisar.

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Sangatte (via https://www.france-voyage.com)

Era la primera mañana que se levantaba allí, a la orilla del Canal de la Mancha. Ya tenía todo el día planeado. Lo primero era hacer su meditación diaria, en la que había encontrado un poco de sosiego durante tantos años. Lo siguiente era calzarse las zapatillas y salir a aquella playa blanca a correr a tal velocidad que creyese volar. Desde el pequeño balcón orientado hacia Inglaterra miró al horizonte y tomó una gran bocanada de aire fresco. Estaba dispuesta a bajar a la orilla por la escalera de madera que habían construido para ello pero no llegó a hacerlo. Una extraña niebla se cernió de repente sobre ella, su casa y aquella playa que tanto ansiaba.

Pasaron unos minutos hasta que pudo ver algo a lo lejos. La bruma se disipó un poco, lo suficiente para que viese acercarse a la orilla una pequeña barca. Estaba desconcertada.

Una mujer apareció también de la nada. «¿De dónde ha salido?» Tenía una figura esbelta, con una larga melena trenzada y un vestido de corte medieval. Parecía esperar aquella barca que llegaba de entre la niebla y en la que apenas navegaban dos hombres. Uno de ellos saltó al agua sin esperar a llegar a la orilla mientras el otro seguía remando para atracar la austera embarcación.

—¡Beatrice!

—¡Oswald!

La mujer también salió corriendo hacia él con tal entusiasmo que casi lo tira al suelo. Chloe no podía entender cómo podía oírlos o verlos con tal claridad a pesar de la niebla y la distancia a la que estaban.

—Te echaba tanto de menos —dijo la mujer con la voz entrecortada de la emoción.

—Ya estoy aquí, mi señora. Y nunca más me alejaré de ti si Dios no se interpone.

Un caballo apareció a lo lejos al galope montado por una figura oscura.

—¡No te la llevarás!

De repente, Oswald y Beatrice empezaron a correr hacia Chloe que seguía en su porche, petrificada, y mirando la escena a la que hacia un momento era ajena y que ahora se le echaba encima. Pero a los amantes no les dio tiempo escapar. El jinete negro llegó a ellos antes y cercenó la cabeza del caballero surgido del mar entre la niebla, dejando a la joven dama asida a su mano, blanca y estática como una estatua de sal. Chloe sintió el inmenso dolor del corazón de Beatrice abriéndose en canal mientras su cuerpo caía en la arena sin vida. No podía respirar y rompió a llorar mientras el oscuro ser que había ejecutado a aquellas personas la miraba ahora a ella amenazante. Un segundo después la niebla se desvaneció y con ella toda la escena.

Chloe estaba petrificada, estupefacta, aterrorizada, triste e iracunda. «¡Maldita alta sensibilidad!» Cuando pudo moverse volvió a su habitación, se desnudó y volvió a meterse en la cama con intención de no salir hasta que todos aquellos sentimientos se hubiesen calmado dentro de ella.

Ya eran las seis de la tarde cuando Chloe salió de la cama. Le dolía la cabeza de tanto forzarse a dormir. Se había negado durante horas a levantarse dándose la vuelta cuando se despertaba. No sabía que creer acerca de lo que había pasado cuando el día apenas despuntaba. No dudaba de sí misma, sabía que lo que había visto era real para ella pero también que todo se había esfumado con aquella niebla extraña. ¿Por qué tenía que haber colocado su casa justo allí? Nunca había visto fantasmas ni nada parecido, su alta sensibilidad no había llegado a meterla por esos caminos. No es que fuera muy escéptica pero tampoco le había pasado nada que confirmara que el otro lado existía. Porque si algo tenía seguro es que la escena no era de su tiempo, ni del entorno físico que conocía. Luego entonces, ¿qué había sido aquello?

Después de rezongar en la cama durante casi una hora, resistiéndose a salir de aquel calor de hogar que tanta seguridad le había dado siempre, decidió ponerse en pie y visitar aquella cafetería color rosa chicle donde se sentía como una muñeca. Recordó que una de las veces que había hablado con la señora mayor que la regentaba le había hecho alguna pregunta de esas que, siendo perfectamente sencillas, el tono con que se hacían parecía velar algún interés desconocido. Tal vez aquella abuelita de pelo gris supiera algo que esperaba que ella ya hubiese descubierto así que se duchó para aclararse un poco, se vistió, se calzó sus zapatillas de correr y salió al trote hacia el pueblo. El tiempo todavía era fresco por las tardes así que podía ir corriendo sin miedo a llegar sudando y de paso desfogaría el desasosiego que la carcomía.

La tarde parecía estar tranquila en la cafetería. Solo dos chicas muy jóvenes con pinta de estar en el instituto tomaban magdalenas y reían mientras hablaban de los chicos por los que suspiraban.

—¡Hola, pequeña! —dijo la señora con una sonrisa— ¿Vienes a celebrar que ya estás instalada en tu nueva casa? ¡Vaya! No pareces muy contenta. ¿Ha ocurrido algo? —y allí estaba de nuevo ese tono sospechoso.

—Buenas tardes, Madame D’Abbaye —Chloe no pudo evitar sonreír a aquella anciana de cuento con pinta de sabia

—¿Un earl grey con leche de avena como siempre, cariño?

—Si, por favor. Madame D’Abbaye… ¿Hay alguna historia relevante en el pueblo que me pueda contar? —dijo Chloe imitando el tono de expectación de la señora D’Abbaye.

—Y una magdalena de arándanos para endulzar tu día. Regalo de la casa, porque sospecho que no ha sido fácil.

—¿Por qué supone eso?

—Por la cara de preocupación que traes, por como preguntas por la historia del pueblo cuando siempre has sido bastante reservada y porque ya soy muy vieja y los años me han enseñado a conocer a las personas —una gran sonrisa de mujer sabia se dibujó en su cara—. ¿Has visto algo en la playa, cariño?

—¿Sabe que fue eso? ¿Qué fue lo que vi? ¿Y cómo sabe usted que pasó?

—Vi la niebla cubriendo la playa pero no sabía si tú habrías visto algo hasta que llegaste aquí con cara de que algo había pasado. Se lo que vi porque yo también lo vi una vez, y si tienes un poco de paciencia te contaré lo que se. ¿Cómo está el té?

—Muy rico. Como siempre, Madame D’Abbaye. ¿Me cuenta la historia?

—Ya veo que paciencia no tienes mucha —la mujer de pelo nevado rió suavemente—. Déjame que recoja un poco y me sentaré contigo en la mesa de la ventana a contarte lo que se.

—Está bien —. Chloe esperó como una niña buena en la mesa que había junto a una de las ventanas que daban a la calle. Además de ser un lugar bastante reservado desde allí se podía ver la calle y la puerta así que su confidente podría ver con facilidad si entraba algún cliente aunque esperaba con todas sus fuerzas que no las interrumpieran mientras averiguaba que sabía la regenta de la cafetería color rosa chicle donde se sentía como una muñeca.

—Ya estoy aquí. Te traje otra magdalena.

—Si sigue haciendo eso recuperaré todos los kilos que perdí.

—Prometo no tentarte a menudo.

—Bueno… ¿cuál es la historia?

—Yo también solía, cuando era joven, ir a pasear por la playa, justo por el saliente en el que tu casa se encuentra ahora. Iba muy temprano, cuando el resto del mundo aún dormía. Una de esas mañanas una niebla muy espesa me envolvió permitiéndome ver solo una terrible escena de amor y desesperación. Pasó mucho tiempo hasta que volví a acercarme a aquella orilla y cuando volvía a ella no solo volvió a pasar sino que aquella dama se presentó delante de mí de repente. Podía sentir su dolor pero yo no supe que hacer así que no volví por allí. Pero aun hoy después de tantos años me pregunto si aquella mujer esperaba que yo hiciese algo.

—¿Sabe algo de ella? Yo solo pude oír sus nombres.

—¿Los oíste?

—Si. Se llamaron el uno al otro cuando la barca llegó a la orilla. Ella se llama Beatrice y él, Oswald. —Los ojos de Madame D’Abbaye se abrieron como platos. Su cara brilló entre la sorpresa y la expectación.— ¿Qué pasa?

—Encontré unos viejos papeles en casa. Una carta más concretamente. Siempre se había guardado en mi familia como un tesoro. Supongo que el recuerdo se perdió y solo quedó aquella carta de Beatrice Bourdeaux que no acabamos de entender.

—¿Qué ponía la carta?

—Vuelve mañana temprano. Hace mucho que no la saco y tengo que buscarla. Tal vez tú puedas ayudarme a entenderla y porqué esas visiones.

—Estaré aquí a las siete y media así podremos verlo antes de que tenga que abrir. Además se está haciendo de noche. Muchas gracias, madame D’Abbaye —dijo Chloe contenta y excitada.

—Llámame Bea —la anciana sonrió a Chloe entre tierna y pensativa. Tal vez rumiando sobre el trágico final de aquella a la que con seguridad debía su nombre.

Chloe llegó a su casa corriendo, tal como había partido, pero esta vez sí que necesitó una ducha. Había corrido como si una manada de perros de presa hubiesen estado persiguiéndola. Necesitaba canalizar toda aquella excitación que había generado la charla con Bea, la tierna abuelita de la cafetería color rosa chicle donde se sentía como una muñeca.

Chloe se levantó enérgica esa mañana. Casi no había podido dormir. Eran las seis y media y aunque no contaba mucho con que la escena se volviese a repetir no dejó de preguntarse qué habría llevado a aquella mujer a su dramático fin y qué relación tenía exactamente con la señora D’Abbaye. Salió a la terraza donde empezó todo, no sabía si con reservas o con esperanzas. No podría soportar de nuevo aquella visión terrorífica pero algo la llamaba a mirar de nuevo. Y de la nada, la figura de la dama de la playa se apareció ante ella con cara desesperada. Chloe saltó hacia atrás del susto. «Tengo que recoger a mi hijo». No podía creerlo. Era muy hermosa con una larga melena negra y el rostro pálido como la luna. «¡Tengo que recoger a mi hijo!», repitió con angustia. Un segundo después se desvaneció. Chloe estaba desconcertada de nuevo. Tenía que resolver aquella historia y ver si podía ayudar, al menos, a una Beatrice. Cogió su bici y le lanzó ladera abajo ansiosa por leer aquella carta.

Cuando llegó a la puerta de la cafetería la persiana estaba subida hasta la mitad y su nueva amiga la esperaba con el té que le gustaba y una magdalena con pepitas de chocolate rellena de mermelada de naranja. La cara de la mujer resplandecía y le sonreía con la carta en la mano.

—¡No sabe lo que me ha pasado esta mañana! ¡Beatrice se apareció frente a mí y me preguntó por su hijo!

—Ahora entiendo todo. Tal vez la podamos ayudar.

—¿Cómo?

—Lee la carta y luego te cuento

 

Querido hijo:

Sentiré desde el otro lado mi corazón romperse si llegas a leer esta misiva pues significa que habrás crecido sin el gran amor que guardo para ti. Yo no habré podido escapar de mi carcelero y solo Nuestro Señor Dios sabrá qué te tiene preparado para esta vida.

Ruego perdones a esta pobre mujer que cometió el error de buscar el amor fuera del matrimonio que le tenían concertado, pues no encontró más calor en él que el de los golpes que su esposo le propinaba. Pero no sufras por esta madre que llora por separarse de ti porque se siente afortunada por conocer el amor antes de encontrarse con el Altísimo, en el hombre que me ayudo a concebirte y en el fruto de mi vientre que añoraré allá donde vaya.

Espero, hijo mío, que si no puedo estar a tu lado para protegerte tengas una buena vida y que pase lo que pase no renuncies a pasar por este angosto mundo al calor de alguien que te ame y a quien puedas amar tanto como yo a tu padre, Oswald Birdwhistle, Caballero al servicio de su Majestad, el Rey Enrique VIII.

 

Con todo el amor de mi corazón,

Beatrice Bordeaux en el año del Señor MDXX

 

           —Entonces, ¿qué tiene que ver esta Beatrice usted?

Durante una hora su amiga de pelo cano le contó con rostro entre triste y pensativo, enseñándole  otros documentos que así lo atestiguaban, que su antepasado Guy D’Abbaye se había criado en la abadía de Saint-Michel como huérfano. Los monjes lo criaron, lo educaron y le dieron la instrucción necesaria para acabar como notario de la época. De ahí su apellido. Solo en su lecho de muerte, el monje que lo había recogido de manos de su madre, le dio esta carta sin más explicación. Tras encontrar aquella carta, Beatrice indagó por su cuenta para conocer la historia de sus antepasados pero nunca había relacionado aquella visión con su propia familia.

—Bea, ¿y si sube esta tarde a mi casa? Tal vez Beatrice vuelva a aparecer.

—Me gustaría mucho. Puedo decirle a mi nieta que se quede aquí esta tarde.

—Cuando usted quiera. Estaré en casa. —Chloe se despidió de Bea con un beso en la mejilla, sintiéndose casi una nieta orgullosa por haber ayudado a poner un poco de luz en aquella historia.

Esa misma tarde Bea, con su casi destartalado coche, subió hasta la pequeña loma en la que se situaba la casa de Chloe, donde le había preparado un té caliente y unas pocas galletas para agasajar a su invitada. Bea llegó hasta la terraza que miraba al mar, aquella desde donde Chloe había visto la dantesca escena que lo empezó todo, dos días atrás.

—Tienes una casa preciosa.

—Con unas vistas increíbles —y las dos rompieron a reír.

Una vez que las risas aflojaron la calma reinó a su alrededor y como conectadas, respirando profundo y a la vez, sintieron la angustia y la presencia de Beatrice. «¿Conocéis a mi hijo?»

—Hola, Beatrice —dijo Chloe con respeto—. Esta es Bea y es una descendiente tuya y de tu hijo.

—Tu hijo, por lo que se a través de mi familia, que es la tuya, vivió como notario de la villa de Rouan. Encontré su diario, en el que como buen escribano anotaba cada día y, fue feliz salvo por el hecho de no saber dónde estaba su madre. Solo sabía que había desaparecido. Es a ti que debo mi nombre.

—Tuve que dejar a mi pequeño en los brazos de la única persona en la que confiaba, mi hermano Philippe, que aunque por su condición de religioso no aprobaba mis actos, accedió a recogerme en la abadía en retiro hasta que diera a luz para ocultar a mi esposo mi estado y custodiar a mi hijo hasta que pudiésemos estar lejos del demonio que me atormentaba. Oswald iba a recogerme a mí aquella mañana en la playa y una vez en Inglaterra su hermana vendría a recoger a mi hijo no habiendo sobre ella ninguna sospecha. Pero alguien nos traiciono y el mismo lucifer segó la vida de mi amado y mi corazón se rompió de tanto dolor.

—Deja de agonizar, pues tu hijo tuvo una buena vida y siguió su linaje hasta mí. Te doy las gracias por eso. Lo llamaron Guy y tal vez él pueda venir a por ti para que puedas continuar tu camino sin pena alguna.

—¡No te iras! –el jinete negro apareció gritando, maldiciendo, jurando y aterrorizándolas a todas— ¡No te dejaré!

—¡¿Madre?!

Un hombre joven se materializó ante ellas. La etérea figura de Beatrice se giró y resplandeció con alegría. Reconocía a su hijo y su hijo la reconocía a ella. Una inmensa luz inundó la playa lanzando al oscuro ser que los amenazaba no se sabe dónde. El joven tomó a Beatrice de la mano se desvanecieron juntos, sonriendo en agradecimiento a las dos mujeres que habían ayudado a darles su paz. Chloe y Bea rompieron a llorar y se abrazaron de forma instintiva, consolándose la una a la otra. Cuando se serenaron entraron en la casa y tomaron aquel té, que fue el primero de todos cuantos tomaron en el aniversario de aquel día a la salud de la mujer que las había unido.