No es éste un post taurino aunque si trata de algunas actitudes “becerriles”, por decirlo de alguna manera.

El 19 de junio comenzaba la fiesta grande de mi ciudad, las “Hogueras de San Juan”, considerada “de interés turístico internacional”. Fiesta, música, polvora, color, tradición y todas aquellas cosas tan evocadoras y tan hermosas pueblan las calles por donde paso a diario.

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Hoguera “Plaza de Santa María”

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Explanada de España

Pero no es mi intención, en este momento, escribir para exaltar todo eso sino para mostrar como lo veo yo desde el otro lado. Desde el punto de vista de los que trabajamos para servir a los que se divierten.

Mi turno de trabajo, como soy una persona afortunada, empieza a las ocho de la mañana. Eso supone que media hora antes estoy en el centro de trabajo. A esas horas, por extraño que pueda parecer a mis lectores anglosajones, hordas de jovenes y no tan jovenes, transitan la ciudad aún sin dormir. La falta de sueño mezclada muchas veces con el alcohol hace que algunos se conviertan en bombas de relojería, y aunque son más en estas fechas, la imagen se repite cada sábado y cada domingo al amanecer.

Es tambien significativa la cantidad de basura que somos capaces de abandonar en la calle, más de 2.000 toneladas si ponemos aparte las casi 500 procedentes de la quema de los monumentos que cartón piedra que son el centro de la fiesta.


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Esto es lo que me encontraba cada mañana acompañado en ocasión por olores insoportables.

Todos los días, desde las seis de la mañana, legiones de personas de limpieza pública salen a adecentar la ciudad para cuando la mayoría se despierte, trabajo generalmente poco reconocido aunque imprescindible. Bien es cierto que todas las mañanas durante cuatro meses me he preguntado si sería necesario tanto trabajo si fuesemos más cívicos o menos “gorrinos”, y me refiero a los autóctonos, que somos los que no solo estamos aquí durante cinco días. Al fin y al cabo los turistas son menos que nosotros.

Es una pena.