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Durante muchos años y desde muy joven he escrito. Diarios, notas, cartas,… Todavía conservo algunos de ellos pero en algún momento dejé de hacerlo. Supongo que fue en el momento en que empecé a salir de la depresión, esa oscura sombra que nubla a algunos y que solo pueden calibrar aquellos que la han padecido y has podido escapar de ese lúgubre agujero.

En alguna parte he leído que es más fácil escribir cuando estamos tristes y bien es cierto que resulta ser una buena terapia. Conversaciones con uno mismo, porque para solucionar problemas lo mejor es alzarse por encima de ellos y verlos desde lo alto, más pequeños e insignificantes, o sin la pasión de quien se haya inmerso en ellos.

"Las mujeres que escriben tambien son peligrosas" Stephan Bollmann (Goodreads)

Ese es mi reto ahora. Escribir sin el impulso de la pena, por lo que doy gracias todos los días. Y este reto tiene ya tres trabajos pendientes, con los que lucharé como Hercules con los doce suyos:

1. Terminar la traducción de ‘Los Gisborne“ y seguir con “La Tempestad“ de mi querida Charlotte Hawkins. Ella, sus historias y yo nos merecemos este regalo.

2. Me he inscrito en el National Novel Writing Month (internacional, más bien) y aunque he llegado algo tarde y a ciegas, me ayudará a adquirir el hábito y a ponerme en marcha de nuevo. Dudo que pueda llegar al objetivo pero estaré lista para el año que viene. Y,

3. Este, mi querido y reluciente blog, al que he tenido abandonado durante varias semanas por falta de tiempo. Este cajón de sastre, que debo al ánimo de las Richardettes y a Twitter por permitirles transmitir su coraje. Y diré para finalizar que a este se sumarán, si todo sale bien, otros dos que están en proyecto.

Y no es este post más que un empujón, puesto que lo he escrito en el móvil tal cual salía de mis pensamientos, para demostrarme a mi misma que todavía soy capaz.

Tanto es así que ahí va tal y como está. Vale. He puesto la imagen y he revisado la ortografía. Pero nada más. Lo prometo.

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