Destacada

Una media novela en un baile de debutantes

manuscritos antiguos
Foto de Donatello Trisolino en Pexels

Anoche, en pleno insomnio, se me despertaron las ganas de dibujar. Tenía la sensación de tener un agujero que llenar, curiosamente, sacando algo de mí. Y de ser diestra con las herramientas del ilustrador me hubiese puesto a ello, pero yo solo sé dibujar con las líneas que forman las letras, que forman las palabras, que forman las frases que forman los relatos. Tal vez, cuando tenga oportunidad, me pondré a ello. Siento la pulsión del arte visual y no estoy por contener ninguna de ellas si no dañan a nadie.

Dicho esto, y habiendo dejado claro que solo cuento con mi humilde literatura, he pensado tomarme la libertad de mostrarte, querido lector, la representación con palabras de cómo se fue forjando una vocación.

Hace casi diez años que me atreví (pobre insensata) a comenzar un proyecto de novela que, tal día como hoy, no he terminado. Muchas cosas tienen la culpa de que siga siendo una obra inacabada y todas están dentro de mí: el desánimo, la sequía creativa, el síndrome del impostor y el dejar que lo terrenal colonizase y se hiciese fuerte en el territorio de la ilusión.

Estando, como estamos, en esta situación excepcional de confinamiento por la emergencia sanitaria del coronavirus, he decidido estar algo excepcional para mí: publicar un trabajo a medias, un borrador romo (aunque le haya dado mil vueltas), una historia adolescente con ganas de salir. Y como tal la presento, con ansias de darse a conocer, con inseguridad y poco a poco, hasta donde lo escrito hasta ahora. No sé si podré volver hacerme con la historia, no sé si podré continuar construyendo esta obra, pero prometo intentarlo.

Espero que la disfrutes, que me hagas llegar que te parece y que me cuentes como te hace sentir. Feliz lectura.

Roberto, archivero del archivo histórico de Toledo, se verá inmerso en una aventura fantástica, viejos amigos y secretos. La aparición de una gata callejera será la señal de salida del viaje más emocionante de su vida.

Brujas – Capítulo 8

Foto de anna-m. w. en Pexels

Roberto seguía desconcertado. Ni siquiera sabía por qué se había sentido atraído a seguir a aquella mujer desconocida porque, aunque ahora reconociese quien era, no sabía nada de ella. Algo lo arrastraba hacia ella y su razón luchaba contra su intuición. Aquello no estaba bien, no era racional ni sensato. Nada allí era normal.

—¿Comemos en la terraza? —Carlota apareció de pronto de no sabía dónde. El solo pudo encogerse de hombros y asentir —. Gracias, Isabelle. Eres un amor.

—Y tú un mal bicho. ¿Está bien? Te dije que lo asustarías.

—Está bien. Solo necesita un poco de tiempo para procesar y recordar lo que le enseñé de pequeños.

—¿Está soltero?

—¡Isabelle!

La mujer empezó a reír discretamente.

—Llevas mucho tiempo sola y Ágata te hizo mucho daño. Si vuelve a aparecer le arrancaré el pellejo a tiras.

—Hola. Soy Roberto y no acostumbro a que hablen de mí como si no estuviera.

—Perdona, Roberto. Esta moza y yo tampoco acostumbramos a tener visita. Encantada de tenerte aquí —Isabelle sonrió—. A partir de ahora seremos más discretas. Carlota, ayúdame a traer la comida, por favor —y guiñando un ojo a Roberto salió hacia la cocina. Carlota, claramente sofocada, la siguió.

Isabelle era una mujer alta de unos cincuenta años y todavía de muy buen ver. Se recogía el pelo en una especie de moño alto y vestía vaqueros y una camiseta. Parecía una mujer inteligente. Carlota había dicho que era su asistente, pero parecía algo más que alguien que se ocupa de la casa y de hacer la comida.

—Yo ya he comido así que os dejo solos. Echaré una siesta mientras habláis.

Encantada de conocerte, Roberto.

—Eh… mucho gusto.

—Pórtate bien, Carlota.

—Lo intentaré —dijo esta resoplando.

Isabelle desapareció sin que Roberto apenas pudiera darse cuenta.

—Vamos a sentarnos —dijo Carlota. 

En aquella terraza soleada en medio de la campiña francesa se desplegaba una mesa llena de viandas de todo tipo: fruta fresca, quesos de todas clases, ensaladas, revueltos… y todo olía divinamente.

—¿También es bruja? —dijo al darse cuenta de que ya no estaba.

—Si. Y también pertenece a la Orden pero ella se ocupa de la logística. 

—Dijiste que trabajabas sola.

—Y así es. Cuando estoy sobre el terreno. No puedo contactar con ella salvo cuando estoy en mi nave.

—¿Qué es eso de la Orden?

—La inquisición, a pesar de lo que pueda parecer, sigue en activo, no ya para preservar la fe católica como antaño, sino para hacerse con la sabiduría que las brujas y los brujos guardaban. Tener fe en lo que no vemos hizo que empezáramos a estudiar los fenómenos naturales cuando el resto del mundo todavía no estaba preparado para saber cosas que sus mentes cerradas no podrían entender. Fueron ya los alquimistas los que decidieron crear la Orden y el Gran Aquelarre. Hoy en día la Congregación para la Doctrina de la Fe sabe que todo tiene una explicación, aunque ni la ciencia sepa cómo explicarlo ni nosotros tampoco y prefieren ser ellos quien ostenten ese conocimiento para poder controlarlo, mantenerlo en la oscuridad si les es beneficioso y utilizarlo a conveniencia. 

—¿Por qué tu nave me recuerda a la Tardis del Doctor Who?

—Porque la idea sale del mismo sitio. No hay nada que se pueda imaginar que no se pueda llevar a cabo. Otra cosa es la conveniencia o no de ello. Por cierto, es inteligente. Rodric te ayudará si lo necesitas.

—¿Le has puesto nombre?

—La gente pone nombre a montones de cosas absurdas. ¿Y cómo voy a comunicarme

con él si no?

 «Era lógico», pensó Roberto. La verdad es que sentía que todo iba a ser muy complicado ya que había montones de cosas que no entendería. 

—¿Qué se supone que tengo que recordar? 

—Recuerdas el Libro de Sombras de mi madre.

—¿Aquel libro gordo que ocupaba solo la estantería de la sala de estar?

—Justo ese. ¿Y recuerdas que te dije que era?

—No.

—Ahí vamos. —Carlota tomó aire y empezó— Cada uno de nosotros, los brujos, tiene el suyo. En ellos recogemos, no solo aquello que la gente espera encontrar, como conjuros, hechizos y recetas de pociones. También recogemos en ellos nuestro día a día, posibles objetos de estudio, experimentos que hayamos realizado, impresiones y observaciones que hacemos en cuanto a la naturaleza y a aquello que nos rodea. Así fue como Leonardo imaginó sus artilugios, como Julio Verne creyó en que el hombre llegaría a la luna y como en el CERN saben, gracias a la imaginación de H.G. Wells y desde hace algunos años, lanzando neutrinos de Suiza a Italia, que se puede viajar en el tiempo. Los iluminados literarios no lo son al azar. Entre nosotros también hay gente con talento artístico y a veces el mundo necesita un poco de luz, aunque sea solapadamente.

—El Gran Aquelarre tiene sus propios centros de investigación pero todavía quedan muchos de los libros de sombras de los antiguos brujos esparcidos por el mundo y hay que recuperarlos. Y a eso es a lo que yo me dedico, a buscar y encontrar aquellos que no pudieron ser entregados a la Orden o cayeron en manos inadecuadas. 

 —¿Y qué pinto yo en todo esto? —preguntó Roberto.

 —Tú conoces la abadía y los planos de la antigua configuración. Podrás guiarme por ella y llevarme hasta el libro que estoy buscando.

—Revisé mil veces el catálogo de ese archivo y créeme que si ese libro de sombras hubiese estado allí lo hubiese encontrado. A no ser que ya no estuviera porque alguien se lo llevó. Por eso es tan importante el tiempo al que vamos a recuperarlo.

Roberto asintió. La respuesta era obvia si lo pensaba bien. El problema es que toda aquella información le estaba abrumando. Apenas había probado bocado a pesar de lo sugestivo de todo lo que había sobre la mesa.

—¿Estás bien? —Carlota era consciente de lo que significaba semejante descarga de ideas en apenas un par de horas. Pero no había tiempo que perder.

—Sidijo Roberto distraído.

—Te puedo dejar un rato a solas si necesitas pensar.

—No es necesario. Ya paso suficiente tiempo solo, pero si necesito tiempo para

pensar. 

—¿Un té negro? —dijo Carlota sonriendo.

—Con un poco de leche y azúcar moreno, por favor.

—Claro. Vuelvo en un momento.

Roberto se sintió solo de repente. Hacía demasiado tiempo que no buscaba la soledad deliberadamente. Vivía solo, trabajaba solo, viajaba solo… No es que no fuera sociable pero se había acostumbrado a ser tan independiente que ya no tenía que alejarse para estar consigo mismo porque ya nadie lo llamaba más que para cumplir o para asistir a eventos de viejos amigos. Y sin embargo aquella muchacha había llenado tanto ese hueco en tan poco tiempo que de repente se sentía extraño. Recordó aquellos días de verano de la infancia y que nunca la vida había sido tan interesante como entonces. 

Y no necesitó más para decidirse.

—Solo tengo leche de avena. Me temo que tendrá que bastar dijo Carlota apareciendo de la nada.

—¿Siempre vas a hacer eso?

—¿Qué?

—Aparecer de ninguna parte. —Carlota rió sin un ápice de decoro. Es un don que tengo. No lo puedo evitar. El sigilo es mi superpoder.

—Es una buena baza cuando te dedicas a colarte en sitios peligrosos para robar libros —Roberto no pudo evitar contagiarse de su alegría.

Carlota puso sobre la mesa del otro lado de la terraza la bandeja en la que traía las infusiones y acercó el té a Roberto, un té negro y especiado, y se sentó en el balancín con su propia infusión. Durante unos minutos el intentó probar a Carlota, retándola a romper el silencio, pero después de observarla durante rato entendió que respetaría sus tiempos. Sin duda sería una gran compañera.

—Iré contigo. Pero necesitaré más información de la que me has dado.

Con brillo en los ojos Carlota respondió —¡Hecho!

Brujas – Capítulo 7

Imagen de Klaus Hausmann en Pixabay 

            A las seis de la tarde apareció Carlos, su padre, desaparecido durante toda su infancia. Ahora entendía de dónde le venía el pelo rojo y el nombre. La primera vez que lo vio no reparó en su pelo porque, ya poblado con muchas canas, no se veía a simple vista. Sus ojos parecían pedir perdón cuando la miraba a ella y morir de amor cuando miraba a su madre. Eso desconcertaba a Carlota. Las relaciones de los adultos todavía se le escapaban y no alcanzaba a entender cómo podían mirarse así después de tantos años sin verse.

            —Hola, Carlota.

—Buenas tardes —Carlos se sintió triste por la frialdad de su hija pero no podía reprocharle nada. Ella no le recordaba. Todavía era un bebé cuando él salió de casa para no volver en años, precisamente para asegurar la vida de ese ser que había entrado en la suya para cambiarle la forma de ver las cosas.

—He traído algo para cenar del Dino’s. —Sarah, a pesar de su carácter sereno, no podía evitar los nervios de reunir a las dos personas más importantes de su vida por primera vez —. He traído pastel de queso y cebolla para ti, hija.

            —Gracias, mamá. —El silencio empezaba a pesar mientras ponían la mesa así que Carlota abrió la conversación de una vez—. ¿Por qué te fuiste?

            A pesar de estar en tensión por lo que esperaba, la forma directa de Carlota le sorprendió. Carlota sabía de su trabajo, pero evidentemente no era consciente de la envergadura y el peligro de los asuntos de los que se ocupaba, así como del peligro que acechaba a su familia en aquella ocasión.

—Sé que tu madre te ha contado que pertenezco a la Orden, pero no pudo contarte, porque no lo sabía, porqué pasé tantos años alejado de vosotras. La misión en la que trabajaba entonces se volvió peligrosa, no solo para mí. Y no podía dejar que os pasara nada. Estaban a punto de descubrir donde me refugiaba cuando no estaba de misión y eso los hubiese llevado hasta Renedo así que tuve que irme para despistarlos y que no llegasen a mi familia. Ojalá hubiese podido al menos volver para despedirme. De hecho, estáis aquí porque queríamos asegurarnos de que no os relacionaban conmigo.

—¿Por qué vuelves ahora?

—Porque el peligro a pasado y me he retirado. Diez años lejos de vosotras son suficientes. Sabía de vosotras y sabía que no estabais solas, pero no podía haceros llegar noticias mías. Eso supondría que alguno de los nuestros tendría que acercarse a vosotras y poneros en riesgo de nuevo.

—Entonces, ¿no volverás a desaparecer?

—No, hija.

—No corras tanto. Después de tantos años no pretendas que sea como si no hubiese pasado nada.

—Lo entiendo —dijo Carlos con un ligero tinte de tristeza—. De todas formas, si necesitas que te ayude con esa física que tanto se te resiste puedo ayudarte.

Carlota lo miró con recelo.

—Siempre me preocupé por vosotras.

—¡Me has estado espiando!

—¡Nooo! Yo solo…

Carlota se levantó y se dirigió a su habitación hasta que su madre la paró en seco.

—¡Carlota! ¡Vuelve a la mesa! —Se quedó congelada. Su madre jamás le había hablado así. Nunca había sido una madre severa y la sorpresa la sumió en el desconcierto. Así que obedeció.

Más tranquila, Sarah, habló de nuevo a su hija.

— Sé que todo esto no es fácil para ti y siempre he respetado tus pensamientos y tus sentimientos, como voy a seguir haciendo porque confío en ti, pero no voy a consentir que le faltes el respeto ni a tu padre ni a nadie. Ahora, si quieres irte a tu habitación, hazlo. Ya hablaremos mañana.

—Siento todo lo que ha pasado, Carlotadijo Carlos.

Y sin más Carlota se levantó y se metió en su habitación, ya fuera de la estupefacción, con el ceño fruncido y muchas ganas de romper algo y llorar de impotencia.

Brujas – Capítulo 6

Pentagrama con los cinco elementos y cinco velas
Imagen de kalhh en Pixabay

Anochecía cuando Carlota volvió a entrar por la ventana. Su madre había dejado una nota sobre su escritorio: «Sé que no debimos hacerlo tan bruscamente pero no encontré una forma mejor. Tu padre está en casa, pero respetará tu espacio hasta que estés lista para escuchar su historia y la nuestra. Te quiero, hija».

Ahora además de confusa y cansada se sentía celosa. Durante toda su vida su madre había sido, además, su mejor amiga y ahora alguien a quien no conocía se estaba metiendo entre ellas sin aviso. Sería mejor que se fuese a dormir. Se comió el sándwich de queso que la bruja de su madre le había dejado junto a la nota, se aseó y se metió en la cama. Al fin y al cabo, el sol volvería a salir mañana.

Ya estaba bien entrada la mañana cuando Carlota salió de su habitación mirando hacia un lado y otro y esperando no encontrarse con aquel señor que decía ser su padre.

—Buenos días, hija— dijo su madre desde la cocina. —¿Estás bien?

—Creo que sí. De todas formas, espero que me expliques muchas cosas y aviso ya que no lo consideraré mi padre hasta que se lo haya ganado.

 —Él lo sabe, y yo también —Sarah conocía muy bien a su hija y no esperaría menos de ella. Una de las cosas que siempre quiso es que tuviese criterio propio y cada día le demostraba que lo había conseguido.

 —Pues empieza.

 —Nunca te he escondido cuánto quería a tu padre y siempre traté de hacerte ver que si se había ido era porque tenía una buena razón. Cuando nos casamos yo sabía que formaba parte de la orden encargada de preservar el conocimiento de los brujos antiguos, que estaba al servicio del Gran Aquelarre, y que no siempre el trabajo era sencillo.

 »Cuando yo conocí a tu padre él ya estaba siendo entrenado para entrar en la Orden así que yo sabía que no sería fácil, pero decidí vivir con él, a su lado, todo lo que pudiera. Y no me arrepiento de ninguno de los días que he vivido desde que lo conocí hasta ahora mismo. 

»Tenías apenas tres años cuando tu padre salió a la misión que lo alejaría de nosotras durante tantos años. Apenas pudo hacerme llegar la carta que conoces para que supiera que volvería y que nos querría siempre. El corazón se me partió en dos aquel día. Sentí tanto dolor que creí que moría. Pero tú seguías conmigo y tenía que vivir por ti, el regalo más grande que tu padre me había hecho. Así que me aferré al amor a mi preciosa e inteligente hija y a mi fe en volverme a encontrar con tu padre y seguí adelante. Hasta hace una semana.

»Ver a mi Amor delante de mí dolió tanto como el día que lo perdí. Al desvanecerme, tu padre asustado me tomó en sus brazos y nos llevó a un rincón al que solíamos ir cuando os conocimos. Allí me contó todo lo que había pasado. Y lloramos. Y nos achuchamos mucho».

—¡Mama! —la cara de repelús de Carlota contrastaba con la luz radiante que emanaba la de Sarah.

—Está bien —dijo sonriendo.

Carlota tenía un montón de información que procesar. Pero en ese momento solo tenía una pregunta en la cabeza.

—Mamá.

—¿Si, hija?

—¿Qué va a pasar ahora?

—Que volverás a conocer a tu padre y, si tú quieres, volveremos a vivir los tres juntos. Pero no tengamos prisa. Él también está nervioso. Hace más de diez años que no te ve y no está muy al día. Todos tendremos que poner un poco de nuestra parte. 

—Mamá, creo que hoy me voy a saltar las clases.

—Está bien, hija. Me voy a trabajar. Si necesitas algo, llámame. Te quiero, hija.

—Te quiero, mamá.

Como su madre le enseñó, de nada sirve dejar pasar el tiempo esperando que se arreglen las cosas por sí solas porque, con suerte, lo único que consigues es que no empeoren, así que a media mañana Carlota llamó a Sarah para decirle que quería que le contasen todo lo que tenían que contarle esa misma tarde.

Brujas – Capítulo 5

Bosque frondoso
Photo by veeterzy from Pexels

Mientras uno estudiaba para hacerse un hombre de provecho, la otra seguía en su mundo fantástico, aunque ahora lo hiciera en los bosques irlandeses. Su madre nunca le mintió, nunca le escondió lo que eran, y la fue adiestrando en las artes de la brujería como otros enseñan a sus hijos a ir al baño, a lavarse los dientes todas las noches o a comportarse correctamente y compartir los juguetes. Fue tan natural para ella que no le extrañó cuando su madre le advirtió que debían mudarse razones que todavía no le podía explicar. Carlota sabía que su madre nunca le mentiría y si no le decía algo ahora, ya lo haría.

Y llegó el día. Carlota contaba ya catorce años y su vida, como la de una adolescente corriente, transcurría entre el instituto, el cine y su modesta casa en el pueblo de Kinsale en Irlanda. Cuando llegó a casa su madre estaba sentada en el sofá junto con un señor con el pelo blanco y pinta de sabio. Los ojos de Sarah resplandecían y sonreían a su hija.

—Hola, hija. ¿Cómo ha ido el día hoy?

—Hola, mamá —dijo Carlota un poco extrañada. Siendo tan pocos habitantes como eran en el pueblo, era raro que a ella se le hubiera escapado alguien luego, o había estado encerrado en una cueva o era un forastero—. Good afternoon, sir. 

Buenas tardes, Carlota —respondió el extraño.

—¿Qué pasa aquí, mamá? —¿Un novio?, pensó. No creo. Se lo hubiese visto. Y, ¿por qué habla en español? Por aquí no hay nadie que lo hable.

—Este es Carlos O’Donnell. Él es tu padre, hija.

Carlota sabía que ese día llegaría, pero no se lo esperaba en ese momento. Sabía que su madre no le había contado toda la historia y ahora parece que pretendía contársela toda de golpe y eso tampoco era justo —. Me voy a mi habitación.

—¡Carlota!

—Déjale espacio, cariño. Saldrá cuando esté preparada —dijo Sarah a Carlos—. Sabía que esto pasaría tarde o temprano pero no supe cómo ir allanando el camino antes de que llegaras.

—Está bien. Tendré paciencia. Aunque ya sabes que no es mi mejor virtud —. Sarah sonrió pícara y cómplice a Carlos. Era cierto que lo conocía bien. A pesar de los años que habían parecido una eternidad ahora volvía a ser como si nunca se hubiesen separado.

Entretanto, Carlota paseaba por su habitación mientras meditaba. Necesitaba serenarse para asumir todo aquello. La habitación se quedaba pequeña. Iba y venía y volvía. Más espacio. Tenía que salir.

Salió por la ventana como había hecho otras veces y, como siempre, había dejado la ventana abierta con un trozo de maroma de barco como tope. Así su madre sabría dónde estaba y evitaría que se cerrase para poder entrar más tarde, que no sería la primera vez.

El bosque siempre fue su refugio, desde pequeña, cuando vivían en Renedo de Esgueva. Allí pasaba sus momentos a solas cuando su madre no podía ayudarla, y podía meditar las cosas. Allí jugaba con los seres elementales y preguntaba a sus guías espirituales por sus dudas. Y allí, en el bosque, conoció a su amigo Roberto, al que aún recordaba a veces. En aquel bosque irlandés, que llevaba años visitando, ya tenía su rincón. En un recodo del paseo Scilly se dibujaba un pequeño camino que acababa en una cueva que, aunque poco profunda, era suficiente para mantener su intimidad. Allí tenía su pequeño altar ante el que meditaba cuando necesitaba hablar a sus guías. Y allí se sentó a meditar hasta que su amigo el leprechaun apareció.

—Hola, pequeña Carlota. ¿Puedo ayudarte?

—Mi padre ha aparecido —. El pequeño duende miró a la niña esperando algo más—.

Ahora mismo estoy bloqueada. No sé qué esperar ahora.

—No esperes nada. Vuelve a casa cuando estés serena y deja que transcurran las cosas. No tiene sentido preocuparse por cosas que desconoces o que todavía no han ocurrido.

—Gracias, Rodhric. Estaré un rato más y volveré a casa. —Como de costumbre, el elemental desapareció en un parpadeo. 

Brujas – Capítulo 4

Imagen de Michal Jarmoluk en Pixabay

Los Condes de Sotollano no pertenecían a la aristocracia de las revistas, y aun así, no podían evitar ciertas formas de hacer con las que ellos mismos se habían criado. Evidentemente conservaban bienes de sus familias que habían puesto a trabajar para vivir de las rentas, pero ninguno de los dos había renunciado a dedicar su tiempo a algo provechoso. Mientras Margarita Gutiérrez de Robles se ocupaba de la asesoría legal de una asociación de mujeres de Valladolid, Salvador Armero-Medina se ocupaba de la Biblioteca de la universidad. Adoraban a su hijo Roberto, el mayor de tres. Los gemelos nacieron años después de la partida de Carlota. Los padres de Roberto ya habían desistido y quizá por eso llegaron Ana y Samuel. 

Pero sus hermanos no eran como Carlota. Por muy divertidos que fueran esos bebés mocosos no veían el mundo como ella, y lo echaba de menos. En fin, no le quedaba otra que asumir que ella ya no estaba y dedicarse a otra cosa, así que estudió hasta el bachiller y se matriculó en la flamante Facultad de Ciencias de la Documentación de la Complutense.

En su inconsciente había quedado la imagen de un gran libro sobre la mesa en el que la madre de Carlota leía murmurando a veces y que curiosamente siempre terminaba de consultar cuando ellos llegaban. Después lo devolvía a una estantería que parecía hecha exclusivamente para ese libro porque, salvo los cuadernos de Carlota, ninguno más lo poblaba. Nunca estuvo al alcance de ellos y si alguna vez tuvo tentación de echar un vistazo, la propia Carlota se encargó de quitarle la idea: «Nadie más que su propietario puede ojear un libro de sombras».

Durante años buscó distraídamente algún libro que se pareciera a ese, pero no lo encontró. Y así terminó en el Archivo histórico de Toledo. Allí, donde Alfonso X, el sabio, creó la Escuela de Traductores en el siglo XII, algo debía haber que se le pareciese. Pero ni ahí, ni en el hermoso y antiguo paraje de Saint—Michel encontró lo que buscaba. 

Brujas – Capítulo 3

Niña en un bosque verde con un perrito
Foto de Leah Kelley en Pexels

Roberto y Carlota habían sido los mejores amigos durante la infancia. Ella era la única de su edad de entre los hijos del servicio. Era, además, la única que rondaba la casa mientras su madre trabajaba en la cocina y su único entretenimiento fueron el bosque y los seres que lo habitaban (a la vista de todo el mundo o no). Su madre era una mujer discreta y había tratado de inculcar a Carlota esta virtud, pero ella, despierta y vivaracha como era, no podía ser invisible para todos porque una cosa era no llamar la atención y otra muy distinta esconderse. Años más tarde entendería las razones de su madre. 

Sarah había criado sola a Carlota, a la que había contado cómo su padre, un buen hombre, había desaparecido dejando apenas una carta, una carta manida por el tiempo y las manos de su compañera, que seguía con la esperanza de volverlo a encontrar. Bien sabía ella cómo eran las cosas en su mundo, a veces tranquilas y maravillosas y otras trepidantes y peligrosas. Sabía también del trabajo de él, sabía que estaba al servicio del Gran Aquelarre, y a sabiendas formó su familia, disfrutando de cada día como si fuera el último. Así creció Carlota con una madre amorosa a pesar de los días en que la veía con aire sombrío y triste. Le había enseñado a usar las hierbas, a preparar aceites y ungüentos, a mirar a la luna y a creer en la magia, a ser consciente de las energías que nos envuelven y a usarlas bien. Sarah, además de trabajar en la cocina de la casa era doula, enfermera improvisada, contadora de historias; mujer sabia, al fin y al cabo. ¿Qué son si no las brujas? 

Esa niña pelirroja que creció en el bosque lo hizo también libre. Claro que en plenos ochenta no todo podía ser correr por el bosque. Durante el invierno Carlota asistía al colegio del pueblo donde destacaba por una madurez que no correspondía a su edad. La independencia que su madre había alentado en ella la hacía, a los ojos de los demás, casi insolente con apenas ocho años, lo que tampoco ayudó para que hiciese migas con los otros alumnos. Pero ella seguía siendo feliz. Roberto fue siempre su único amigo humano aquellos días de verano en los que ella podía correr descalza, sin horarios, pesadas mochilas, ni clases aburridas.

Roberto era, sin embargo, un chico bueno, correcto, disciplinado, criado en un colegio masculino donde pasaba gran parte del año. Solo en verano podía zafarse de la estricta rutina de la institución en la que estaba interno. Solo en verano podía disfrutar de la frescura de la chiquilla del pelo rojo. La seguía y observaba sus rarezas al principio, pero con el tiempo aprendió a jugar con ella a hablar con los animales y los seres del bosque. Se convirtió en su compañero y en su guardián silencioso, porque sabía que en el mundo fantasioso de «pelo zanahoria» no existían los caballeros andantes. Ella se bastaba sola, y mejor que bien, pero por si acaso, él siempre sería su sombra.

Y así lo recordó siempre Carlota, respetuoso con ella y confidente de sus aventuras. Alguien de fiar, alguien que estaba allí cuando lo necesitaba sin tratarla como si fuese de cristal.

Brujas – Capítulo 2

Chimenea rústica con fuego vivo
8Foto de Fondo creado por Dragana_Gordic – www.freepik.es

Un grito de asombro se ahogó en su pecho cuando la puerta se cerró tras él. «Es mi vehículo» había dicho ella. Lejos estaba de imaginar lo que encontraría dentro. Nada tenía aquello que envidiar a la mejor suite del mejor hotel que él hubiese conocido. Aunque no había ninguna ventana una suave luz inundaba el pequeño salón. Dos amplios sofás miraban a lo que parecía una chimenea y junto a ellos una librería con cuatro estantes daba el toque hogareño. A la derecha, tras una puerta doble entreabierta, se veía una cama grande. De no ser por la consola de ciencia ficción que había al fondo del salón aquello podría haber pasado por un apartamento más que bien acondicionado.

Siéntate un momento. Enseguida estamos en casa —dijo Carlota desapareciendo por una puerta al fondo de la habitación.

Mientras Roberto decidía si sentarse o no, ella apareció de nuevo con dos vasos de agua fría y los dejó sobre la mesa que había entre los sofás y aquel hueco en la pared que simulaba un hogar.

—No lo parece, lo es. —Y chasqueando los dedos un rabioso fuego apareció de la nada.

—¿Puedes leerme el pensamiento? —dijo Roberto mirándola con ojos de plato. Siendo tímido como era aquella intromisión sería mucho más que incómoda.

—Todavía no, pero te conozco y se me da bien leer la cara de las personas. Siéntate y empezaré con las aclaraciones. —Esta vez dejó el vaso de agua entre las manos de Roberto una vez que él se hubo sentado. De repente, la gata callejera, de la que se había olvidado por completo, saltó en el regazo de la que le había prometido un lugar mejor donde pasar sus días. Gracias al inesperado movimiento de la gata Roberto salió de su ensimismamiento y preguntó.

—¿Quién eres?

—Carlota.

Tras un minuto de reflexión parte de su infancia, casi treinta años atrás, afloró como si de ayer se tratase. Mientras intentaba escapar del engañoso ajetreo amistoso de su familia con el resto de la nobleza, él y su pequeña amiga Carlota corrían por los campos y bosques cercanos a la casa solariega donde los Condes de Sotollano pasaban el verano. Roberto ya empezaba a odiar la vida social de los que le rodeaban y Carlota era la chica rara del pueblo. Carlota era hija de Sarah, una de las muchachas que atendían la cocina y las labores de la casa mientras ellos estaban allí, y hablaba sin parar de flores, magia, hadas y otras cosas sin sentido. Aun así él, con nueve años, se sentía protector con aquella niña que parecía ver cosas que nadie más podía ver. Inseparables. Hasta que un buen día ella desapareció.

—Tenías siete años la última vez que te vi.

—Lo sé. Y debo haber cambiado mucho si no eres capaz de reconocerme siquiera por el pelo zanahoria —dijo ella divertida tratando de aliviar la tensión que notaba en Roberto—. Tú y tu madre desaparecisteis.

—Las brujas debemos movernos de vez en cuando —. Aquello iba a ser más complicado de lo que ella pensaba así que decidió ir a lo práctico . Veo que no avanzamos, que estamos llegando y tenemos muchas cosas que hacer, así que voy a ir a lo que necesitas saber ahora y a partir de ahí, seguimos. Estamos dentro de mi nave espacio-temporal. Sé que se te amontonan las preguntas en la cabeza pero ya tendremos tiempo. Tengo como base una casa de campo en Marsella donde nos vestiremos adecuadamente y nos prepararemos para saltar a la abadía de Saint-Michel en Normandía, una semana antes de la noche de San Juan de 1214. Mientras Felipe II está entretenido luchando con los ingleses, y el abad Raoul des Îles, se preocupa de su vida religiosa y sus monjes, nosotros vamos a entrar en la abadía y nos vamos a llevar algo que hay guardado allí.

Un vaso de agua no bastaba para tragar todo aquello. La cabeza empezaba a dolerle como si le hubiesen trepanado el cráneo pero todavía pudo hacer una pregunta más.

—¿Por qué has venido a por mí? ¿Por qué ahora?

—Porque hiciste tu tesis sobre la baja edad media, porque pasaste seis meses en Saint Michel con una beca estudiando sus archivos, porque sé que puedo confiar en ti para que me cuides las espaldas y porque me he cansado de trabajar sola.

—¿Estoy secuestrado?

—¿Secuestrado? ¡Mides medio metro más que yo y tienes unos brazos como troncos de árbol! —Carlota levantó la ceja, dibujó en su cara una sonrisa de medio lado y en la mente de Roberto se formó la imagen de una pequeña pelirroja con ese mismo rostro al que seguía un ¿eres tonto? y una risa escandalosa y sincera. De repente se sintió confiado y un millón de preguntas se agolparon en su cabeza para salir y encontrar respuestas. Pero una brilló por encima de todas.

—¿Cómo que eres bruja?

—Hemos llegado

—¿No me vas a contestar?

—Ya es hora de comer. ¿Qué te parece si disfrutamos del almuerzo y seguimos con esto después con un té? Isabelle debe tenerlo todo listo. Sé a qué dedicas tus fines de semana —rió —. Estoy segura de que no echarás de menos tus rutas gastronómicas mientras estés aquí.

—No sé qué responder a eso.

—Vale. Vamos a hacer lo siguiente. Esta tarde contestaré a todas las preguntas que se te ocurran, siempre que tenga la respuesta, y después de la cena podrás decidir si te quedas conmigo para ir a Saint-Michel o no. Si mañana por la mañana has decidido volver a Toledo te dejaré de nuevo en el mismo sitio y a la misma hora en que te recogí. Si decides quedarte conmigo… —Carlota se levantó del sofá y se dirigió a la puerta mientras pensaba una respuesta acertada.

—¿Qué?

—Te aseguro, al menos, que será más excitante que lo que haces ahora.

Con esta respuesta abrió la puerta y salió, seguida por Roberto, al soleado salón abierto por un lado al mar Mediterráneo y por otro al más impresionante campo de lavandas que jamás había visto. Estaba claro que su vieja amiga era tan especial como él había intuido en la infancia y casi estaba convencido que su curiosidad nublaría su buen juicio.

Brujas – capítulo 1

Photo by Venelin Dimitrov from Pexels

Archivo Histórico provincial de Toledo, 2018

—¡Ven aquí, bicho! —dijo Roberto mientras corría por la sala.

El misterioso Roberto Armero-Medina Gutiérrez de Robles perseguía a una gata callejera que se había colado por una de las ventanas del sótano. Ningún animal podía estar entre legajos del s. XIII. Si el director del archivo llegara a enterarse, además de llamarlo hereje y repudiarlo con deshonor, lo mandaría a la calle más pronto que tarde. Pero aquella gata orgullosa, lejos de sentirse intimidada por el hombretón que corría tras ella, parecía burlarse paseándose ante él con el rabo levantado cuando no estaba a su alcance.

            No es nada personal, pero si no te saco de aquí sin que te vean, tendremos un problema.

            Agachado como estaba no pudo, ni siquiera presentir, lo que acababa de ocurrir justo detrás de él.

            —¡Hola! —dijo una voz de mujer. Trastabillando en dirección contraria a la voz, Roberto fue a parar contra uno de los modernos armarios móviles que guardaban tesoros escritos de centurias. Y aunque la pregunta que tenía en mente antes de levantar la cabeza era «¿cómo has entrado aquí?», lo que surgió de su boca fue— ¿Qué hace eso aquí? —dijo entre asustado y curioso.

            —Eso es mi vehículo. Y me hace un gran servicio, así que un poco de respeto. Chulo, ¿eh? —respondió la joven sonriendo. Detrás de ella un armario labrado de una sola puerta ocupaba el espacio entre ella y la mesa de Roberto que la miraba con ojos desorbitados—. ¿Qué hacías en el suelo? —Sin despegar la vista de ella respondió como un autómata—. Intentaba cazar a ese gato.

            La muchacha se agachó y llamó al travieso felino.

            —Ven pequeña. Creo que tengo un refugio mejor para ti.

            La gatita, con su cola erguida, escrutó a la chica tratando de adivinar si sus intenciones eran buenas y apenas dudando dos segundos se dirigió hacia ella hasta que llegó a donde se encontraba restregándose en sus piernas.

           —Se atrapan más moscas con miel que con vinagre —dijo mirando a Roberto.

            La risa que Carlota ahogaba se convirtió en una sonrisa de autosuficiencia que, con mucha sorpresa para él, molestó a Roberto. ¿Por qué sentía que la conocía de toda la vida? ¿Como quien siente la seguridad de estar con un viejo amigo? Pero las siguientes palabras de la joven no fueron menos sorprendentes.

—Si. Efectivamente nos conocemos, pero te lo contaré por el camino.

—¿Camino a dónde?

—A mi casa en Marsella, rodeada de un precioso campo de lavandas. Tenemos que acondicionarnos antes de la misión. —La chica alargó la mano hacia él para ayudarle a levantarse del suelo, donde seguía en estado cuasi catatónico, y con una cálida sonrisa dijo— Confía en mí.

Sin pensarlo y en contra de su propio sentido común, Roberto aceptó la ayuda de aquella enigmática mujer y se irguió frente a ella mientras aún asía su mano. A pesar de ser una mujer pequeña era lo suficientemente fuerte para tirar de su metro noventa. Al ponerse en pie pudo comprobar que apenas le llegaba a la altura del hombro. Debía tener unos 30 años ya que parecía algo más joven que él, pero su melena roja y rizada, la viveza de sus ojos y la seguridad que la rodeaba le daban un extraño aire de sabiduría y picardía al que era difícil resistirse. Hasta que abrió la puerta de aquel armario aparecido de la nada y lo arrastró con ella hacia adentro no salió de su encantamiento.

La carroza de la muerte

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay
Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay

—¿Qué traerá esa carroza que viene camino arriba, madre?

—La muerte, hijo mío.

El pequeño Pablo, que aunque muy espabilado no le daba la vida para saber muchas cosas, miraba aquel carruaje con curiosidad. Un par de caballos tiraban de un carro negro como la noche del que solo se veía la silueta. De no ser por la luna llena y el jadeo de los animales ni se hubiesen dado cuenta. No levantaba más de medio metro del suelo, pero aquel niño ya se había enfrentado a la muerte, al duelo de perder a su padre y a la dureza de una enfermedad que se llevaba por delante a quien se cruzara en su camino. Medio pueblo había sucumbido ya en brazos de aquella peste que llamaban «negra».

—¿Cree que irá al paraíso como padre?

—No, hijo. Ese infeliz irá al infierno.

—¿Por qué, madre?

—Por soberbio, avaricioso y poco humano.

Pablo no acababa de entender lo que su madre le contaba pero sabía, por cómo ella miraba aquella caja que ahora pasaba frente a ellos, que no debía preguntar de momento. Había aprendido que si paraba ahora y volvía a preguntar pasado un tiempo, le contaría incluso más de lo que quisiera saber.

De repente, la comitiva paró. Todo a su alrededor lo hizo. Un viento frío, que salía de ninguna parte, le erizó toda la piel del cuerpo y una imagen fantasmagórica se formó ante él. Era un ser enjuto y encorvado, de semblante gris y desencajado de dolor.

—¡Sálvame del infierno que me espera! ¡Ocupa tú mi lugar en esa caja inmunda en la que me han metido!

Pablo, con la inocencia del infante que era y la viveza de un genio adulto, respondió:

—¿Por qué habría yo de hacer tal cosa? Tú tienes pinta de haber vivido ya bastante y yo ni llego a la estatura de mi madre.

—¡Maldito crío irreverente! ¡Volveré cada noche a por tí hasta el día que mueras!

—No lo harás. —La seguridad de aquellas palabras pareció invocar a las dos figuras que aparecieron a los lados del pequeño brujo. Sangre de meigas corría por sus venas sin saberlo y había hecho que sus guardianas vinieran a protegerlo, dos seres de luz que alzaban más de un metro por encima de él—. ¡Ve al infierno y no vuelvas!

Todo vibró a su alrededor por un segundo, como cuando un rayo restallaba cerca dejando esa especie de siseo que le provocaba escalofríos. Cuando abrió los ojos el carruaje seguía su camino, sus ancestros habían desaparecido y hasta el amenazante hombre gris había dejado el lugar que ocupaba un minuto antes.

—Madre

—Dime, hijo.

—Ese, era un mal hombre. —No fueron las palabras de su hijo lo que la sorprendió sino la rotundidad con la que las pronunciaba. Lo miró extrañada—. Lo he visto. Era un mal hombre.

—¿De verdad le has visto, hijo?

—Si, madre.

—Está bien. Llegó la hora de contarte sobre el linaje del que procedes. Entremos en casa.